En pocas historias realidad y leyenda comparten límites con tanta intensidad como en la de Inés de Castro. El apasionado romance vivido con el infante Pedro, hijo del rey Alfonso IV de Portugal y futuro rey Pedro I,  la traición que desembocó en su prematura muerte y la consumación de la brutal venganza de Pedro, han dado pie a todo tipo de relatos, muchos de ellos más próximos a la leyenda que a la historia propiamente dicha.

Parece ser que Inés nació en A Limia, Ourense allá por el año del Señor de 1.320, fruto de la relación extramatrimonial que don Pedro Fernández de Castro, primer Señor Jurisdiccional de Lemos, habría mantenido con doña Aldonza Suárez de Valladares.

Tras de la muerte de su madre, cuando apenas contaba siete años, don Pedro envió a la pequeña Inés al castillo de Peñafiel, Valladolid, donde sería convenientemente educada junto a su prima Constanza Manuel, hija del infante Don Juan Manuel y de Constanza de Aragón.

Buscando la fidelidad de don Juan Manuel, Alfonso XI “el Justiciero” solicitó la mano de su hija Constanza, pero tras repudiar el matrimonio, encarceló a la joven en el Castillo de Toro.

La lucha entre el rey y don Juan Manuel se prolongaría durante más de una década hasta que la mediación de doña Juana Núñez, suegra de don Juan por tercer matrimonio, y las necesidades de paz interna para enfrentarse al rey de Marruecos, sirvieron de pretexto al rey para devolver a don Juan todos sus bienes y honores. El permiso otorgado por la Corte Castellana a Constanza para contraer matrimonio con el infante Pedro, hijo de Alfonso IV de Portugal, significaría el punto final a todas las hostilidades entre los dos contendientes.

La joven Inés, que contaba por aquel entonces dieciocho años, partiría con su prima en calidad de dama parente y se dice que su belleza cautivo a Pedro en el mismo instante en que la tuvo en su presencia. A medio caballo entre realidad y leyenda se sitúa la frase atribuida al infante: una muchacha bellísima de cuerpo esbelto y cuello de garza.

Aunque el escenario era harto complejo, Pedro e Inés mantuvieron desde entonces una relación de la que Constanza era sabedora y, aún a pesar de los intentos de esta por destruirla, todos fueron en vanos.
Alfonso IV, padre de Pedro tomó la decisión de desterrar a Inés a Albuquerque - Extremadura – pero el príncipe la visitó con insistencia hasta que en 1345 su esposa Constanza, fallecía después de dar a luz al tercero de sus hijos, el futuro Fernando I de Portugal. Ya viudo, no existía razón alguna para que Pedro ocultase su relación con Inés, de la cual nacerían Joao, Alfonso,Dionis y Beatriz.

El rey preocupado por el futuro de su legítimo nieto Fernando, se reunió con un grupo de nobles el 7 de enero de 1355 es Montemor-o-Velho, y estos le persuadieron para quitar la vida a Inés. Parece ser que los principales instigadores de este atentado fueron tres señores, enemigos de los Castro, llamados Alonso Gonzálvez, Pedro Coelho y Diego López Pacheco.

A pesar de sus dudas, un día que el infante Pedro había organizado una cacería, el monarca se dirigió secretamente al Monasterio de Santa Clara, próximo a la “Quinta das lágrimas” en Coímbra. Conocedora Inés de las intenciones de rey, se rodeó de sus hijos y salió a esperarle logrando su compasión con lágrimas y súplicas, sin embargo algunos de los caballeros que le acompañaban, entre ellos Gonzálvez, Coelho y López Pacheco, le rogaron que les enviase a matar a Inés, y no debió oponerse el rey, puesto que los dichos caballeros entraron donde estaba Inés y la mataron a puñaladas en presencia de sus hijos.

Al conocer los hechos, Pedro reunió a sus leales y declaró la guerra a su padre. Sitió la ciudad de Oporto y durante meses el clima de guerra invadió todo Portugal. En agosto del mismo año padre e hijo firmaron un tratado de paz que se prolongaría hasta la muerte de Alfonso IV que se produciría dos años después. Pedro fue coronado como rey y se le conocería como Pedro I El Cruel o El Justiciero.

Mientras, los asesinos de Inés permanecían refugiados en Castilla, donde se habían exiliado aconsejados por Alfonso IV. Pedro preparaba su venganza y así, después de solicitar a la corona castellana su extradición, dio a conocer que antes de la muerte de Inés, y en secreto, habían santificando su unión ante el obispo de Guarda y de algunos servidores y que por tanto ella era la reina legítima de los portugueses.

El rey castellano, también llamado Pedro I El Cruel, accedió a la petición del rey portugués y devolvió a dos de los asesinos ya que el tercero, Alonso Gonzálvez, había conseguido escapar y su pista se perdía en la Corte Papal de Aviñón.
Pedro Coelho y Diego López Pacheco expiaron de un modo terrible su crimen; al primero le fue arrancado el corazón por el pecho, y al segundo por la espalda. Incluso se afirma que el rey mordió llegó a morder aquellos dos corazones.

Después ordenó exhumar el cadáver de Inés, la sentó en el trono, haciéndola coronar y obligando así a los cortesanos a que la prestaran los honores debidos a una reina.

Suntuosos fueron los funerales que se hicieron a Inés; su cuerpo fue depositado en el Monasterio de Alcobaça, en una tumba de mármol blanco, con una efigie coronada que Pedro había hecho preparar de antemano, y cerca de la cual hizo erigir su propia sepultura. Dispuso que los catafalcos se tocaran los pies: quería que el día de la resurrección, al levantarse, su primera imagen a contemplar fuera la de Inés. La descendencia de Inés no ascendió directamente al trono, pero contrajo alianzas con todas las familias reinantes en Europa.